11.4.10

Veinticinco años

Mi baronesa tenía entonces veinte años, y yo aún menos. Éramos tan jóvenes y tan inocentes como cualquiera que supere los cuarenta puede pensar. Teníamos algunas certezas que luego se demostraron ilusiones, y otras que siguen siendo ciertas día a día.

Hace veinticinco años una boda por lo civil no era normal, ni nosotros lo éramos. No había embarazo, de igual modo que no hubo noviazgo. En la ceremonia -ambos vestidos de gris- un juez frío y adusto nos habló de artículos del código civil y nos despachó antes de que los últimos de los treinta invitados hubieran terminado de entrar en la sala, no sin antes advertir que no se nos ocurriera llenar la puerta con arroz o similares.

Empezamos con poco más de setenta mil pesetas en muebles -un mes de mi sueldo de entonces- y un cascado Citroën C8 familiar que nos regaló mi padre. En el salón, una mesa y dos sillas de camping; un sofá, una manta que hacía de alfombra y muchos cojines en el suelo, y un viejo televisor portátil en blanco y negro. En la cocina, las cajas de la mudanza hicieron de muebles de cocina durante muchos meses.

Los primeros tiempos fueron tan duros como el clima soriano en el que nos instalamos, a casi setecientos quilómetros de la familia y los amigos cercanos. El ambiente que nos rodeaba era opresivo y lleno de mala gente, en aquel pueblo en el que había más vacas que humanos, y eran casi más comunicativas que ellos.

Exactamente a los seis años nació Petardo, ayer cumplió diecinueve.

En el camino se nos han quedado ilusiones, vidas y amistades. Hemos tenido nuevos hijos e hipotecas. Y aquí estamos, aún compartiendo trabajos e ilusiones. Como decía alguien ayer, sintiéndonos cada vez más rara avis entre nuestra gente, llena de parejas separadas o recasadas. Los Ingalls dicen que si algún día nos separamos será que definitivamente el mundo se va a acabar. Dejando traslucir una cierta envidia, alguien nos preguntó hace tiempo cuál era nuestro secreto para seguir juntos y con la convivencia en buena forma. Mi respuesta le pareció absurda por lo evidente, pero para mí sigue siendo la única que puedo dar, porque el amor nunca es bastante: respeto. De lo cual se derivan muchas otras cosas, como hacer que la confianza no dé asco, como escuchar las opiniones del otro y considerarlas al menos tan inteligentes como las propias. Como considerar que sus defectos ya conocidos no pueden ser mayores que las virtudes que aún desconocemos. Como asumir que el amor del otro hay que trabajarlo y merecerlo cada día.

De modo casual, ayer estuvimos en un concierto de Luis Pastor:
Amar es combatir,
si dos se besan el mundo cambia,
encarnan los deseos,
el pensamiento encarna,
brotan las alas en las espaldas del esclavo,
el mundo es real y tangible,
el vino es vino, el pan vuelve a saber,
el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro.

 

Hoy son ya veinticinco años y un día, dulce condena.

28.3.10

Che

Esteeeeee...

En otra vida quiero ser argentino. Hablar con esa rapidez y usar el idioma de ese modo que los de este lado del océano no sabemos si es poético o chulesco. Que tengan que subtitularme para que me entiendan los que hablan mi mismo idioma. Decir tenés, pelotudo, joda, pibe, dar bola, piola.

24.3.10

Aire

Recordaba esta mañana a una alumna que casi llegó a ser amiga. Tras año y medio preparando su oposición, y tras alrededor de otro año esperando notas, listas, méritos y más listas, finalmente obtuvo su plaza. Por los pelos, pero lo consiguió. Durante todo ese tiempo compartimos conocimientos, elucubraciones y nervios. Nos habíamos prometido una celebración que cerrase ese ciclo. Cuando llegó el momento, pegó una espantada en base a que alguno de sus compañeros menos afortunados no había respondido a no se qué correos. Y hasta ahora.

Y lo que pensaba durante el desayuno era en cuánto había invertido en esa persona. Desde luego, mucho más de lo que mis honorarios de profesor comprometían. Muchísimo. Sin embargo, no tengo sensación de haber sido despreciado, no me duele. Tal vez si escarbo un poco aprecio un ligero escozor, pero nada más. No necesito mirar para otro lado, es que simplemente el dolor no está ahí.

Volviendo a lo que escribía el otro día, parece ser que uno con los años aprende y se aproxima a lo que quiere de la vida. No siempre ni en todo, pero lo es a veces. He aprendido a cerrar puertas, o tal vez la imagen sea otra: abrir ventanas que se ventile el interior y se renueve el aire.

13.3.10

La situación

Mis líos son:
  • Sigo estudiando un ciclo de informática.
  • Preparo una charla para el cole de mi hija, sobre los niños e Internet.
  • En el último mes, he estado dos semanas en Madrid haciendo cursos.
  • He impartido un curso para mis compañeros de trabajo (de un día, pero qué duro).
  • Corrijo el libro de un buen amigo (ya voy, ya voy, tranquilo).
  • Intento seguir con el piano y no faltar a clase, y estudiar al menos un poquito.
  • Atiendo mi trabajo y esas otras pequeñas chapuzas inevitables.
  • Procuro anteponer a lo anterior mi firme intención de ser padre de mis hijos, esposo de mi esposa y amigo de mis amigos. Y tengo la sensación de que lo consigo cada vez más.
Sin embargo, y aunque parezca extraño, me encuentro estupendamente y sin agobios. Tal vez la edad tenga algo de bueno, o tal vez realmente uno acabe por aprender cómo quiere vivir.

25.12.09

Aforismos

Ayer decía yo que la felicidad que uno tiene en la vida coincide muy aproximadamente con la que es capaz de proporcionar a los demás.
Digo una vez más que la familia no se lleva en la sangre, sino en otras cosas como son el cariño, el respeto y el goce mutuo. Cuando coinciden los genes y lo demás, es la pera.

Y cuando no, para qué empeñarse, hermano.

25.11.09

No es la gripe

Tal vez no lo notarás porque no tenga tiempo de escribirlo o tú no te acuerdes de pasar por aquí para leerlo. Pero que no lo cuente o que no lo leas no impedirá que pase.

Imagino al licántropo intuyendo la luna llena, temiendo lo ineludible, sabiendo que se convertirá en un monstruo lleno de odio.

Ya noto ese malestar recurrente y cada vez menos espaciado. Como una maldición inevitable, una y otra vez, y cuántas ya. No parece haber vacuna posible para enfermedad semejante, para tal pandemia arrasadora. Desearía una burbuja, una habitación aislada con filtros adecuados, un lugar alejado de cualquier posible contagio.

No es la gripe A, es mucho peor.

Los primeros síntomas han empezado.

Han colgado las primeras luces de navidad.

No digas que no te avisé.

9.10.09

Minimalismo

Cuatro Caminos se ilumina de un modo casi cegador, un la luz del otoño que comienza. Delante del ordenador, en el sitio donde hago un curso relajado y por momentos aburrido, me pierdo mirando los edificios del otro lado de la plaza, las ventanas de las oficinas, de las casas.

Me gusta venir a Madrid de vez en cuando. Salir de mi provincianismo y sumergirme en el bullicio y la amplitud de la capital, de lo superlativo.

Además, esta vez la casualidad de los horarios me ha permitido aprovecharme de mi empresa, y viajar como los señores, o los señoritos: en avión, haciendo en una hora el viaje que de otro modo me hubiera llevado cinco. Desde que despegas hasta que el aparato entra en las nubes, hay unos minutos en los que aún se distingue el paisaje, las carreteras, los pueblos.

Qué pequeño es todo. Qué relativo y lejano.

Ese principio de viaje ha sido un preludio de las sensaciones de las mañanas y los mediodías, cuando entro en el metro rodeado de desconocidos. La mayoría en silencio, tan aislados de los que les rodean aunque se rocen o se aprieten contra ellos.

Juego a imaginar la vida de algunos: una mujer en la cincuentena de aspecto y actitudes monjiles, la chica colombiana que va a trabajar a alguna casa, el albañil de zapatos llenos de polvo que duerme agotado. Capto trozos de conversaciones, o ni eso: acentos que intento identificar como latinos, eslavos o árabes.

Y la agradable sensación de pequeñez, de ser una millonésima parte, prescindible y sin importancia.