2.11.13

Los muertos (II)

Cada vez voy menos al pueblo. Desde que mi madre murió mi padre cada vez va menos, y él es el único motivo por el que seguir yendo.

Ayer, mi hermano quería llevar unas flores. Sabe que a mí esas cosas... no es que no me gusten, es que me dan absolutamente igual. Me gustan los cementerios porque cuentan historias o al menos te permiten imaginarlas. Pero no siento que nada de ningún ser querido resida allí. Mi Baronesa lo sabe de sobra, pero ayer mi hermano me preguntaba qué quería que hicieran conmigo cuando toque. Bien quemadito y las cenizas repartidas por ahí, donde los que me sobrevivan quieran. Que quede el recuerdo de lo bueno o malo que haya hecho, recuerdo que se irá diluyendo en la memoria de mis cercanos, y que desaparecerá cuando ellos lo hagan. Tengo cada vez mas clara mi propia infinitesimalidad, y que el olvido será el destino natural de mi vida. Lo cual, además, me produce cada vez menos desasosiego.

La foto es de ayer, muestra de que nuestra tristeza, nuestros mármoles y bronces no significan nada frente al paso del tiempo y a la vida que continúa. Vaya por ti, Cal.


27.4.13

Indurain

Como tantas veces, al leer la entrada de una amiga dudo si escribir un comentario extenso en su blog o una entrada en el mío. Me da un poco de vergüenza escribir un comentario enorme porque siento que me apropio de un espacio que no es mío. Teresa, vaya esto como apostilla a tu reflexión.

Cuando me acercaba a la cuarentena tenía un trabajo en el que ganaba mucho dinero, con una gran responsabilidad y una continua presión. Hubo un momento en que tuve que escoger y escogí: empecé a preparar oposiciones. Con tres niños en casa, trabajando -en teoría- ocho horas diarias y muchos fines de semana, tuve que organizar mi tiempo y mis energías para pelear en ese ambiente que quienes hayáis opositado conocéis. Durante año y medio, mi Baronesa se hizo cargo de niños y casa, e incluso de quitarse de en medio muchas veces para que la casa estuviera silenciosa y que pudiera estudiar. La mitad del éxito fue suyo.

Como decía alguien, una oposición no se aprueba: se gana. El año en que me examiné, gané tres oposiciones, dos de ellas con la mejor nota, por delante de personas que tenían una titulación de la que yo carecía.

(Ahora es cuando la gente hace gestos de sorpresa, admiración o incredulidad. O de cosas que prefiero no interpretar)

Algunos amigos, creyendo halagarme, hacen referencia a mi inteligencia para explicarlo. "Bueno, es que tú, con una vez que te lo leas, ya apruebas". No niego mi inteligencia, pero no es halagador poseer algo que a uno le ha venido dado.

Miguel Indurain contaba en ocasiones que le molestaba muchísimo cuando la gente le llamaba robot, extraterrestre y cosas similares por sus cualidades, por su hieratismo, porque ganaba etapas y tours sin despeinarse. Y contaba que le molestaba porque por mucho que sus cualidades fueran buenas o incluso mejores que las de otros, las montañas eran igual de altas que para los demás y sufría tanto como ellos. En todo caso, lo que le distinguía de ellos no era su magnífico físico, sino su capacidad mental para hacer el esfuerzo y soportar el sufrimiento que el ciclismo implica.

Mis oposiciones no me fueron más fáciles que a otros. La diferencia con esos otros que se quedaron por el camino aunque decían estudiar mucho y estar muy preparados era sencilla, y se compuso de muchas pequeñas cosas: durante año y medio, me impedí leer un libro (quien me conoce sabe el sufrimiento que me supuso). Cuando viajaba a realizar una instalación, o mientras esperaba a un cliente, o por las noches en los hoteles, siempre tenía apuntes para leer. Estudiaba en el baño, en el parque con los niños, en los semáforos. Recuerdo un sábado en que me enchufé doce horas al ordenador, y cuando me levanté dije la famosa frase "ya sé SQL".

Nuestra fortaleza, nuestra inteligencia, nuestra capacidad emocional no nos hace que estemos más cerca de conseguir nuestros objetivos o nuestra estabilidad. Hay que estar dispuestos a renunciar a cosas, a encarar nuestros miedos, a pagar con sudor. Ese sí es el mérito, eso es lo admirable, lo que nos hace mejores y nos permite avanzar y aprobar oposiciones, ganar tours, restañar heridas en el alma.

20.4.13

Las decepciones

Cuando somos niños, adolescentes, creemos que somos de una determinada manera: hermosos o feos, listos o torpes, buenos o malos. Creemos, digo.

Lo que nos define como personas no es la imagen que tenemos de nosotros mismos, sino la que mostramos al mundo. Al cabo de los años, me convenzo de que somos como nos ven los demás, y es así cada vez más con los años. Cuando somos niños, la imagen que tenemos ante nosotros mismos se compone más de imaginación y futuro que de realidad. Al crecer, al madurar, nuestra personalidad se parece cada vez más a nuestro esqueleto: cada vez es más ósea y menos cartilaginosa. Cada vez más rígida y fuerte, menos flexible y amoldable. Cada vez somos menos un proyecto y más una realidad, una forma definida, un patrón reconocible entre miles. Cada día que pasa queda más lejos la posibilidad de cambiar, porque ante nosotros mismos y ante los demás somos la suma de las acciones, las palabras, los gestos que hemos mostrado durante años y décadas. El personaje que imaginábamos para nosotros cuando éramos niños va delimitándose cada vez más, sujeto por esos actos irrebatibles que hemos amontonado sobre lo que queríamos o creíamos ser.

En la suma que nos compone también entran las decepciones, las diferencias entre lo que creíamos o queríamos ser y lo que hemos sido siendo durante años. Lo cual no es forzosamente malo, si conocemos y aceptamos nuestra falibilidad. El problema es cuando el divorcio entre nuestra propia imagen y el mundo exterior se convierte en abismo, cuando no hay modo de reconciliar la realidad interna y la externa. Cuando lo que vemos de nosotros y lo que mostramos a los demás -que no siempre coincidirá con lo que los demás interpretan- es tan dispar que somos incapaces de reconocernos en la imagen que proyectamos, y quienes nos rodean no pueden reconocer lo que contamos de nosotros mismos en lo que ellos ven.

13.8.12

De lo que veas, la mitad creas

Esta violenta imagen ha circulado últimamente para darle caña a Sánchez Gordillo y a su asalto a un par de supermercados. La violencia contra el pobre empleado es patente, pero no me acababa de cuadrar con lo que había visto en televisión (por ejemplo: La 1 y Cuatro). No sabría explicar por qué, pero...

Y he aquí que tuve la inspiración divina de poner una vela a San Google. Fui a su servicio de búsqueda de imágenes, pulsé en el icono de la cámara y puse la dirección donde estaba la imagen que alguien había publicado en Facebook. Et voilá, unos cuantos sitios la tenían.

Lo más curioso es que algunos de ellos disponían de ella antes del asalto de los andaluces, en el mes de mayo, en el año 2010 (¡en un blog Chino!) e incluso en otro blog en 2005. De este último obtengo la conclusión de que la acción ocurrió en Baleares, por algo relacionado con una huelga de pescadores (de hecho, en una de las fotos se ve el suelo lleno de marisco). Aunque los chinos, afirman (o eso dice el traductor de Google, que el mandarín aún no es lo mío) que ocurrió en Francia. Ninguna de las imágenes tiene información Exif, lo cual me hace pensar, además, que han sido retocadas de algún modo, y además con algún programa más bien antiguo, porque los más modernos mantienen esa información.Vaya usted a saber, pero parece claro que no fue en Sevilla hace unos días.

Bueno es tener las propias filias y fobias, pero mejor es saber de qué se hace uno eco. No vaya a ser que en lugar de mostrar su opinión, tan solo esté propagando bulos e intoxicando. Claro, que si de eso es de lo que se trata, bien está.

21.5.12

Mandela

El nombre se lo puso Akuni por su deseo de estar en su jaula. No es el de la foto, pero se parece mucho. Es el nuevo miembro de la familia, aunque él no parece estar muy de acuerdo, aún. Cuando intentas tocarlo, se mosquea, bufa y te empuja hecho una bola. Como algunos humanos, vaya.


Hay mucho que contar. Si no para muchas entradas, sí para algunas de esas que yo mismo acabo releyendo porque sé que me reflejan. Alguna de ellas viene de suficiente tiempo atrás como para que quiera contarla bien, escogiendo bien las palabras para no hacer daño a nadie. Necesito tiempo.

No se vayan todavía, aún hay más.


5.3.12

Me quedo

De vuelta de una gloria inexistente...

Soy yo y mis circunstancias. Aparezco brevemente y vuelvo a caer en la ausencia. Iba a poner en la desidia, pero es algo que cabe poco en mi vida: tal vez procastino (qué palabra) en muchas ocasiones, pero en absoluto abandono nada por pereza. Simplemente, cuando las obligaciones me dan tiempo libre me distraigo con mil cosas. Supongo que eso no cambiará mucho.

En todo caso, a veces siento cierto remordimiento por gente a la que leo a menudo y creo que debería corresponder, y os nombro porque os sabéis leídos. A veces hablo de vosotros con mis amigos tangibles y me cuesta trabajo calificaros: "el otro día decía una amiga que tiene un blog" me resulta raro. Tal vez si nos conociéramos en persona nos repelerían mutuamente nuestros tics, nuestro aspecto, nuestra forma de conversar avasalladora o escueta, mi cultivado desaliño o tu gusto por los zapatos, mi cansancio de padre de adolescentes o tu emoción de padre casi recién estrenado.

Cierran hoy dos personas a las que he seguido -a una más que a otra- durante años. Otros han ido alejándose de esta playa para ir a su vida, como debe ser. Twitean tal vez, o incluso tienen Facebook, y tal vez también por ahí han dejado miguitas que he seguido hasta localizarles. Pero no es lo mismo, no. Esto es otra cosa, y la media hora que me exige como mínimo escribir esto me permite pensar y pulir (no tanto, a veces) frente a la continua necesidad de ser agudo o mostrar las mil cosas que uno hace, los cien videos que recomienda, las doscientas páginas que lee.

Soy como soy, a veces me apetece resguardarme y a veces mostrar mis tripas a quien quiera verlas. Y me gusta estar aquí, me gusta que me lean determinadas personas, por pocas que sean. Me gusta leerte, ser leído. Es un buen sitio.

Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.