28.4.06

Cuando sea mayor...

Cuando sea mayor, o tal vez en otra vida, o cuando tenga un ratito libre, me propongo (Sin que el orden citado implique prioridades):

Beber y fumar y aprender a tocar el piano en condiciones. Y cuando se me ponga voz de hombre, cantar esas canciones como lo hace Tom Waits. O tocar a Brahms como la DuPre.

Cuando tenga un rato para escribir un libro, plagiar a un buen inglés y escribir Lo que queda del día.

Ser astronauta, y viajar en la Leonov. O ya puestos, en La máquina.

Aunque me cueste un trozo de pierna: Ser médico, y llamarme Gregory House.


Y si un día me veo metido en líos de los de verdad, ni Chuck Norris ni Harry El Sucio. MacGyver es mi santo; dadme un chicle y unas bridas de nylon y moveré el mundo. O algo así era, creo.

24.4.06

Ideales

Me hubiera encantado, pero no estuve en París en Mayo del 68 porque porque en esos días tenía unos dos años y medio, y mi madre no me dejó ir. Era muy rígida ella.

Recuerdo cuando murió Franco, eso sí. No lo celebré con champán, aunque mi alegría fue inmensa. Tampoco me dejaron mis padres; según ellos, con diez años resulta inapropiado tomar bebidas alcohólicas, y más con la mezcla de preocupación y miedo que había en casa. De modo que me lo callé, y no le dije a nadie lo estupendo que me parecía tener unos días de vacaciones imprevistos, con independencia de quién la hubiera palmao, que fíjate tú las veces que había venido a vernos. Luego nos dieron su último mensaje en unos papelitos muy bien impresos, y me lo aprendí de memoria. Mea culpa. Pero bueno, hay que confesar que eran tiempos de búsqueda de una identidad política e ideológica: Dos años antes, había recitado una de Gloria Fuertes en las celebraciones de fin de curso. Nadie -ni el profesor, ni mis padres, ni nadie- entendió el motivo por el que escogí justamente esa:

Doña Pito Piturra
Tiene unos guantes,
Doña Pito Piturra
Muy elegantes.

Doña Pito Piturra
Tiene un sombrero,
Doña Pito Piturra
Con un plumero [...]

Y en cambio, ese año la elección había contado con las bendiciones de todos, porque el contenido histórico y patriótico ensalzaban los valores morales que se me pretendían inculcar. Machado, pero Manuel. Creo que incluso el Papa lo mencionó en una encíclica, pero no he podido confirmarlo:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
el destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga [...]

Llegué tarde -o pronto, según se mire- al 68, a Woodstock, a Ibiza. Si es que soy hijo del tardío baby boom, soy el hijo pequeño, el que viene de penalty. La Movida también me cogió lejos.

De haber podido, hubiera esperado unos añitos más, para entrar en la generación X, que al menos tiene nombre y peli propia que define su no-ideario y su música y sus frustraciones definidas, a las que sumarse y en las que escudarse. Lo que esta gente tiene de bueno es que pueden entonar todos juntos su lema: "A mí no me echen la culpa, esto estaba hecho una mierda cuando llegué".

Lo malo de estar en el medio es que a uno siempre le llueven hostias, desde un lado y desde el otro. O que tiene uno la sensación de ser demasiado joven para algunas cosas y demasiado viejo para otras. No sé si es apropiado que me gusten el grunge y Violeta Parra, Mafalda y los Simpsons.

Hay quien critica a los jóvenes franceses que se han cargado la ley de VILlepin, diciendo que la protesta era únicamente por motivos económicos, y no por ideales. Lo estupendo es que esas críticas provienen de algunos sesentayocheros que miran el presente desde el poder y el coche oficial, o desde su segunda o tercera residencia.

De cualquier modo, nunca hay excusas. Ni para los que, ante el fracaso de su pequeña revolución, optan por subvertir el sistema desde dentro, pero engordando a su costa. Ni para los X que se escudan en que no queda sitio para ellos porque los otros no se van para dejárselo. Ni para los mileuristas que con treinta no han salido de casa de sus papás porque no les llega para piso; pero no están dispuestos a renunciar al móvil con cámara o a las comidas que prepara mamá.

Mi idea del mundo, o al menos de este mundo opulento en el que nos encontramos, es que no hay movimientos ni ideales que sean capaces de cambiar el rumbo de la sociedad. De hecho, las palabras ideas o ideales parecen un vestigio del siglo pasado, y quienes nos mandan (quienes nos manejan) se cuidan mucho de usarlas, en sus discursos o en sus actuaciones.

El motor de este barco no usa combustible, sólo funciona con dinero. Y lo chungo es que contemplamos cada vez menos la posibilidad de bajarnos de él, de buscar un bote que lleve otro rumbo, aunque haya que remar.

En cierta ocasión contaba Pancho Varona que el maestro Sabina tuvo que pararse y se echó a llorar cantando Peces de Ciudad:

Y cómo huir

cuando no quedan

islas para naufragar

al país

donde los sabios se retiran

del agravio de buscar

labios que sacan de quicio,

mentiras que ganan juicios

tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios

de los peces de ciudad

que perdieron las agallas

en un banco de morralla,

en una playa sin mar.


11.4.06

Madurez

"Yo no maduro, yo me tuneo."

31.3.06

La comunión de Marichu

Marichu tiene ocho años y los ojos azules. Ése no es su nombre, pero la llamamos así familiarmente. Cuando era más pequeña, con esos ojos y esa cara de aviesas intenciones que se le ponía a veces, parecía la novia o la hermana o la prima del muñeco diabólico. De ahí que Mari-Chucky, y cariñosamente Marichu. Aún hoy, hay días que al despertarse pone esa cara y alguno sentenciamos: "Hoy se ha levantado en plan chucky". Y ese día, agarráte que la cosa va fina.

"No es que sea mala, es que me han dibujado así"

Como todos los niños, Marichu tiene sus gustos definidos, por ejemplo por la ropa. Un vestido es una tragedia, y hay llantos cada vez que se tiene que poner uno. Le gusta jugar al fútbol y si por ella fuera los pendientes se distribuirían por su cuerpo como piercings, llevaría el pelo corto y peinado con gomina.

Los hermanos de Marichu no han hecho la comunión. En una casa como la nuestra, de boda por lo civil y clases de alternativa, es lo más normal, y nunca ha habido problema con ello. Y con ella hemos hablado en alguna ocasión que tampoco la haría. Pero el otro día iba por la calle de la mano de su madre y, al ver un escaparate en la otra acera dijo:

- Mamá, yo quiero hacer la comunión.
- ¿La comunión? ¿Y te vas a poner ese traje tan cursi?
- Sí, me gusta...


Asombrada, mi Baronesa cruzó con ella la calle para ver mejor los trajes. Luego me contó que se le llegó a pasar por la cabeza que la niña se comunionase, aunque sólo fuera por ver ese espectáculo. Le resultaba inimaginable.

- ¿De verdad te gusta? No me digas que te gusta eso, con esa falda y esos encajes.
- ¡No, ése no! Me gusta ese otro...

Y señaló al traje de la derecha.

23.3.06

Huellas



Fui un niño canijo y temeroso. En el patio del colegio era siempre el último en ser escogido para jugar al fútbol, si es que me atrevía a jugar. Mi madre me obligaba a bajar a la calle, porque en caso contrario mis juegos eran siempre solitarios e introvertidos. Era feliz, mi mundo era tan ancho como mi imaginación, y tan seguro como yo quisiera crearlo.

Fuera, el mundo estaba dominado por reglas absurdas. No servía ser mejor, bastaba con ser más fuerte. No era necesario ser ingenioso, bastaba con tener quien corease tus gracias. Cualquier motivo hacía de uno el blanco de nuevos ataques: Ser el nuevo, tener unos apellidos graciosos, dientes de ratón, un acento distinto.

Y nada más peligroso que mostrar la propia inteligencia ante quien reservaba la suya -virgen- para mejores ocasiones. Un sobresaliente se podía intepretar como un desafío, leer un libro podía ser un delito.

Las chicas, sus juegos y sus charlas resultaban algo más tranquilas, y por tanto más atractivas. Pero eran terreno vedado so pena de atraer los adjetivos más ofensivos, los ataques más denigrantes.

De cualquier modo, no fui un niño desgraciado. Mis padres, aunque de un modo torpe a veces, me inclulcaron el valor de la inteligencia, de la ternura, de las palabras y los conocimientos.

La adolescencia no cambió demasiadas cosas en el mundo, pero al menos estaba permitido acercarse a las chicas. Qué caramba, incluso se veía bien, se alentaba. Y mis mejores amigos fueron, casi siempre, amigas.

He crecido a trancas y barrancas, me he explorado a mi manera y no sé con cuánto tino. No he hecho cursos de esos que tanto me recomiendan, y no tengo claro qué se supone que debe hacer uno con su niño interior. El mío aún se sorprende cuando alguien le muestra cariño por mostrarse como es.

El adulto que se supone que soy no termina de explicarse cómo funciona el mundo. Las tramas que nos unen, las amistades por sorpresa, la ternura que nos asalta sin buscarla. Dejamos nuestro rastro en los sitios más inesperados, cuando menos lo buscamos. O tal vez es por eso.

Te quiero, Srta. Vainilla.

2.3.06

Relatividad

Leo el periódico y las noticias en su mayor parte me saben a nada. El mundo resulta incomprensible, y lleno de unos señores increíbles -no hay quien se los crea- que buscan esconder su falta de franqueza tras un muro de palabras.

Un poco más allá, tampoco entiendo al personal que mata y se deja matar, no por ideas, sino por dogmas.

Me parece indecente cuando veo imágenes de guerras o cataclismos y me dejan frío. Supongo que estoy tan acostumbrado a verlas que acabo por no valorarlas. Busco entonces una cara o un gesto de alguien en las imágenes y me identifico con esa persona, me pongo en su lugar e imagino qué significaría para mí perder la familia, la casa, todo lo que tengo. Miro a esos niños e imagino que son mis hijos. Es así como puedo imaginar la magnitud de la catástrofe, de la hambruna, de la desolación. Supongo que eso es lo que llaman empatía. Para mí es la demostración de que la tragedia de una persona es el equivalente a la destrucción de un mundo. Cualquier cantidad de muertos es la suma de muchas vidas individuales. Cuando una sola de esas vidas se destruye -y hay muchos modos de destruir una vida sin que nadie muera- el drama es de magnitud mundial.

De igual modo, me pregunto si mis pequeños actos diarios no cambian de modo decisivo el mundo. Estoy convencido de que sí, aunque no pueda medir sus efectos.

La teoría del caos: Cuando sonrío a la cajera del supermercado, al otro lado del mundo se detiene una guerra.