Realmente, no somos casi nadie: somos cuatro gatos los que creemos que otro tipo de convivencia es posible. Los que pensamos que nuestro voto debería prolongarse durante cuatro años, y no comenzar a ser manipulado a las pocas horas de ser emitido. Los que repetimos una y otra vez el voto inútil en lugar de echar más madera al tren que nos arrastra. Los indignados, los olvidados, los que respetamos y pedimos respeto.
Ellos manejan nuestros destinos, pero no nuestra vida. Nos ignoran, pero no podrán olvidarnos. Algún día llegará el nuestro.
22.5.11
3.5.11
¡Con chocolate!
Gritos por la calle, bocinazos, explosiones. Me acuerdo de lo que está ocurriendo en Libia, o en Siria... Alguien que lucha por cosas en las que le va la vida. Pero no, tan sólo son los seguidores del Madrid (o del Barça, tanto da) que celebran nosequé partido o nosecuál copa.
Diez días después, decenas o cientos de millones de personas se emboban viendo en televisión el boato de una boda, los fastos a los que acuden los vástagos de familias tocadas por el dedo de algún dios que les puso por encima de los demás.
Día por medio, desentierran a un medio santo en Roma, y se juntan otro millón de devotos para celebrarlo. Y quien nos representó en la boda, ahora nos representa allí. No sé si cerca o lejos de otro excelso invitado, una bellísima persona como es el señor Mugabe, del que deberían extraer reliquias ahora que está vivo (de huesos, de vísceras, de zonas dolorosas), por si algún día también lo beatifican.
Para terminar la temporada, ayer se cepillan a alguien que no digo yo que no esté bien muerto, no. Pero de ahí a que todo el mundo aplauda el hecho, pues no sé yo. Bueno, no todos. Si tengo que estar de acuerdo con alguien, es justamente con los que piden que una muerte no sea motivo de alegría. Que son justamente los del párrafo anterior.
Ya no es que no entienda nada, es que directamente me voy a comer cinco kilos de churros para ver si me encuentro a mí mismo.
Diez días después, decenas o cientos de millones de personas se emboban viendo en televisión el boato de una boda, los fastos a los que acuden los vástagos de familias tocadas por el dedo de algún dios que les puso por encima de los demás.
Día por medio, desentierran a un medio santo en Roma, y se juntan otro millón de devotos para celebrarlo. Y quien nos representó en la boda, ahora nos representa allí. No sé si cerca o lejos de otro excelso invitado, una bellísima persona como es el señor Mugabe, del que deberían extraer reliquias ahora que está vivo (de huesos, de vísceras, de zonas dolorosas), por si algún día también lo beatifican.
Para terminar la temporada, ayer se cepillan a alguien que no digo yo que no esté bien muerto, no. Pero de ahí a que todo el mundo aplauda el hecho, pues no sé yo. Bueno, no todos. Si tengo que estar de acuerdo con alguien, es justamente con los que piden que una muerte no sea motivo de alegría. Que son justamente los del párrafo anterior.
Ya no es que no entienda nada, es que directamente me voy a comer cinco kilos de churros para ver si me encuentro a mí mismo.
19.1.11
No entiendo nada
No diré que hablo, pero sí chapurreo francés, inglés y portugués, y además (medio) entiendo el catalán. En mis viajes por lo largo y ancho de este mundo, cuando tenía que hablar con alguien cuya lengua materna no coincidía con la mía (porque a veces la del fulano era por ejemplo el ruso o el holandés), de un modo espontáneamente consensuado buscábamos una en la que nos pudiéramos entender. Sin más, sin problemas, nunca. A veces incluso, yo hablaba en castellano (español o román paladino) y el otro lo hacía en su lengua (generalmente portugués o catalán), conscientes ambos de que cada uno usaba la que le resultaba más cómoda, y habiendo comprobado ya que el otro le entendía perfectamente. Si, por ejemplo, estábamos hablando en español y el otro no me entendía algo, yo intentaba decir esa palabra o esa expresión en su lengua. Y lo mismo cuando hablábamos en otro idioma y era yo el que me perdía.
Hubiera sido imposible que nos hubiéramos comunicado si cada uno nos hubiéramos empeñado en hablar nuestro propio idioma, a despecho de que el otro lo entendiera o no. Es cierto que nos hubiéramos reafirmado en lo nuestro, en nuestra cultura y nuestra nación. Pero de un modo natural y educado buscábamos un punto común, lo cual parece lógico y económico.
Lo siento, pero hoy tengo una razón más para pensar que esa gentuza no es el tercer problema del país, sino el primero.
Hubiera sido imposible que nos hubiéramos comunicado si cada uno nos hubiéramos empeñado en hablar nuestro propio idioma, a despecho de que el otro lo entendiera o no. Es cierto que nos hubiéramos reafirmado en lo nuestro, en nuestra cultura y nuestra nación. Pero de un modo natural y educado buscábamos un punto común, lo cual parece lógico y económico.
Lo siento, pero hoy tengo una razón más para pensar que esa gentuza no es el tercer problema del país, sino el primero.
18.10.10
Accidentes
La profe:
- Marichu, dime un accidente geográfico.
(Ella pone cara de esto a qué viene, a ésta se le ha ido la pinza)
- Pues te caes de una montaña y te rompes un hueso.
- Marichu, dime un accidente geográfico.
(Ella pone cara de esto a qué viene, a ésta se le ha ido la pinza)
- Pues te caes de una montaña y te rompes un hueso.
21.9.10
:-)
No soy fetichista. Me gustan las cosas por la utilidad que me prestan. Debe de ser por eso por lo que resulta -dicen- tan difícil hacerme regalos. No me encariño con los objetos, ni les adjudico un valor más allá de su uso inmediato o futuro.
Y por eso, aunque soy un lector compulsivo, no me gustan los libros de un modo especial. Si quiero leer algo y no tengo quien me lo preste, lo compro. Si lo hay en edición de bolsillo, mejor que en rústica (mientras la presbicia me lo permita). Realmente no son los libros lo que me gusta: es la lectura.
Por eso, mi Baronesa ayer me regaló uno de mis objetos codiciados. No por el cacharro en sí, sino porque espero que me proporcione muchas, muchas horas de placer. Digo yo que será por eso que el simbolito de estos señores es una sonrisa.
Y por eso, aunque soy un lector compulsivo, no me gustan los libros de un modo especial. Si quiero leer algo y no tengo quien me lo preste, lo compro. Si lo hay en edición de bolsillo, mejor que en rústica (mientras la presbicia me lo permita). Realmente no son los libros lo que me gusta: es la lectura.
Por eso, mi Baronesa ayer me regaló uno de mis objetos codiciados. No por el cacharro en sí, sino porque espero que me proporcione muchas, muchas horas de placer. Digo yo que será por eso que el simbolito de estos señores es una sonrisa.
20.5.10
Resistencia
Aunque uno sepa que no es cierto, que probablemente nunca lo será.
They will not force us
They will stop degrading us
They will not control us
We will be victoriousQué hermoso suena...
17.4.10
En blanco
Hace algún tiempo también la vi comprando en el hiper. Al llegar a casa, le dije a mi Baronesa "He visto a Lupe, la pija, aquella amiga tuya". En aquella ocasión ni siquiera la saludé porque creí que no me había visto, y tampoco es que mi relación con ella llegase a ser cercana como para no dejar pasar la oportunidad.
Esta tarde íbamos los dos, y en el mismo sitio, mientras pagábamos, la vi en una caja cercana. Era evidente que en esta ocasión sí me vería y saludaría, así que llamé la atención de mi media naranja, "mira, ahí está Lupe". Antes de que me pudiera contestar, mientras yo pagaba, Lupe nos miró y sonrió, y se dirigió sólo a mi.
Lo malo no es que no la saludase a ella. Es que me saludó llamándome por mi nombre. Y a ella, ni una palabra.
Mi chica no la conocía de nada. No solamente no era la tal Lupe, lo cual indica mis magníficas dotes como fisonomista. Lo realmente humillante es que por más que me estrujo la cabeza, no tengo ni idea de su nombre, ni qué la conozco.
Y si fuera la primera vez que me pasa...
Joder.
Esta tarde íbamos los dos, y en el mismo sitio, mientras pagábamos, la vi en una caja cercana. Era evidente que en esta ocasión sí me vería y saludaría, así que llamé la atención de mi media naranja, "mira, ahí está Lupe". Antes de que me pudiera contestar, mientras yo pagaba, Lupe nos miró y sonrió, y se dirigió sólo a mi.
Lo malo no es que no la saludase a ella. Es que me saludó llamándome por mi nombre. Y a ella, ni una palabra.
Mi chica no la conocía de nada. No solamente no era la tal Lupe, lo cual indica mis magníficas dotes como fisonomista. Lo realmente humillante es que por más que me estrujo la cabeza, no tengo ni idea de su nombre, ni qué la conozco.
Y si fuera la primera vez que me pasa...
Joder.
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