He conocido de cerca lo que significa poseer un don fuera de lo normal. Gente con una sensibilidad especial que les sacaba en parte de este mundo, y les colocaba a caballo entre lo sólido y lo intangible, entre lo racional y lo onírico. Personas que ocupaban esa situación tan peculiar, ejerciendo de puente entre dos mundos.

De todos ellos, pocos han sido capaces de mantener vivo su don e integrarlo en su vida. Algunos han renegado de él para integrarse en la normalidad. Otros lograron mantener el equlibrio, e incluso lo convirtieron en un modo de vida. Recuerdo una viejita que conocí en Barcelona, admirable en su poder y en su humildad, que había sacado varios hijos adelante haciendo uso de sus facultades.
Lo normal, sin embargo, es mucho más triste. Lo habitual es que esas capacidades -pon la palabra del título del post que más te guste, a mí me irritan todas- sean algo tan distintivo ante uno mismo y ante los demás que conviertan a su poseedor en un bicho raro, un colgado o un loco. También he conocido suficientes casos de estos, algunos muy de cerca.
En muchas sociedades antiguas, los dotados se convertían en brujos, chamanes o adivinos, y eran respetados y utilizados por su gente como un modo de mirar al otro lado; ese que a todos nos produce inquietud o temor, incluso a quienes niegan su existencia. Nuestra civilización nos ha pasado, a través de inquisiciones de tantos tipos como haya sido necesario, a esta orilla conocida. La opción es clara: en lugar de enseñar el significado de las visiones, es preferible eliminarlas. En vez de buscar el significado de los sueños, es preferible dormir sin ellos. Mejor que explorar las sensaciones inefables, etiquetar lo posible. Y lo imposible, lo onírico, lo inexplicable, mejor hacer que no aparezca, tacharlo de desvarío, considerarlo patológico para que pueda ser clasificado y convenientemente apartado, medicado.
Es cierto que hay mucho tunante, mentiroso o aprovechado. Como también lo es que hace mucho tiempo que renuncié a convencer a casi nadie de casi nada. Pero del mismo modo, uno sabe lo que ha sentido, lo que ha visto, las cosas por las que ha pasado. Y aunque alguien algún día sea capaz de convencerme de lo contrario, lo que aprendí sigue siendo mío, aunque llegase a mí por la vía de la irracionalidad, tal vez de la insania.
