24.3.10

Aire

Recordaba esta mañana a una alumna que casi llegó a ser amiga. Tras año y medio preparando su oposición, y tras alrededor de otro año esperando notas, listas, méritos y más listas, finalmente obtuvo su plaza. Por los pelos, pero lo consiguió. Durante todo ese tiempo compartimos conocimientos, elucubraciones y nervios. Nos habíamos prometido una celebración que cerrase ese ciclo. Cuando llegó el momento, pegó una espantada en base a que alguno de sus compañeros menos afortunados no había respondido a no se qué correos. Y hasta ahora.

Y lo que pensaba durante el desayuno era en cuánto había invertido en esa persona. Desde luego, mucho más de lo que mis honorarios de profesor comprometían. Muchísimo. Sin embargo, no tengo sensación de haber sido despreciado, no me duele. Tal vez si escarbo un poco aprecio un ligero escozor, pero nada más. No necesito mirar para otro lado, es que simplemente el dolor no está ahí.

Volviendo a lo que escribía el otro día, parece ser que uno con los años aprende y se aproxima a lo que quiere de la vida. No siempre ni en todo, pero lo es a veces. He aprendido a cerrar puertas, o tal vez la imagen sea otra: abrir ventanas que se ventile el interior y se renueve el aire.

1 comentario:

Teresa, la de la ventana dijo...

Eso se llama madurez, y consiste en aprender a no tener unas expectativas excesivamente altas en los demás.

Cuesta, pero ahorra muchos sinsabores.