18.7.06

Teresa Rodríguez

Conocí a mi primera profesora de solfeo cuando tenia veintialgunos años, cuando ya estaba curado de los enamoramientos infantiles y de las idealizaciones adolescentes con las que adornábamos -al menos yo lo hacía- a determinados profesores del colegio o del instituto. Lo cierto es que hubiera sido difícil enamorarse de ella en aquel momento, cuando sus cincuenta y tantos años habían dejado tantos rastros en una cara que tal vez fuera bonita hacía mucho tiempo. Tenía la boca grande, y una voz aguardentosa que impresionaba aún más cuando te miraba con unos ojos verdes que desmentían su edad.

Éramos un grupo de adultos llegados tardíamente a la música, a un conservatorio de edificio antiguo, techos altos y patios interiores, que en su día debió ser la casa de alguna familia de bien de la ciudad, en la que las niñas aprenderían -también ellas- a tocar el piano. Como suele ocurrir en estas cosas, durante cinco años el grupo se fue haciendo menos numeroso, hasta quedarnos en una cuarta parte de los que empezamos.

La música es un arte maravilloso y duro de aprender, y más para quien empieza a aprenderla cuando las neuronas no son tan maleables como las de los niños, cuando los dedos no tienen esa pasmosa agilidad que veo ahora en los dedos de mis hijos. Durante esos años peleamos con las notas y los acordes, con nuestra voz y con los instrumentos, y a veces conseguíamos tener la sensación de estar haciendo música.

Nuestras clases de solfeo (ya entonces se llamaba Lenguaje Musical, con ese gusto por los eufemismos de los educadores modernos) empezaban a las nueve de la noche, éramos el último grupo y llegábamos todos cansados tras un día en el que cada uno había tenido mil batallas en el trabajo, en casa, con los niños. Encontrábamos la clase con ese olor a goma de borrar y pollito que tienen las clases de los colegios. Y a Teresa -era el nombre de la profesora- fumando un Celtas y con el gesto cansado tras horas de clase y decenas de alumnos. Pues bien: Pese al cansancio y pese a la supuesta aridez de la asignatura, no recuerdo un solo día de aquellos cinco años en que no saliera de mejor humor del que llevaba al entrar. Las clases de solfeo conseguían darme la energía que siempre me ha proporcionado sentir que estoy aprendiendo cosas nuevas. A casi todos sorprende cuando les cuento que siempre eran más gratas las clases de solfeo que las de instrumento.

Teresa usaba para enseñarnos a cantar los gestos y algunas de las técnicas del método Kodaly, lo que le valió durante algún tiempo el mote de la kodaylera en un conservatorio hacía honor a su nombre, y rechazaba todas las innovaciones (?) con auténtica pasión.

Cuando iba a entrar en el conservatorio, mi imagen de un sitio de enseñanza musical era algo así como los pasillos o el comedor de Fama, un sitio donde la música estuviera presente en cada rincón y en cada momento, donde los alumnos tocasen juntos por el placer de hacerlo. Lo que yo conocí fue una institución anclada en el pasado, donde los músicos se habían funcionarizado en la peor posible acepción del término, y donde las envidias, los enchufes y los rencores se imponían a los deseos de acercarse al arte. Nunca vi alumnos tocando en los pasillos o en el patio, nunca toqué con mis compañeros, nunca les oí tocar. Y además tuve que luchar contra el desprecio de muchos profesores -por ejemplo, mi profesora de instrumento- que consideraban poco menos que una pérdida de tiempo y de recursos que un adulto se iniciase en la música.

Dejé el conservatorio cuando un nuevo trabajo -mañana y tarde- y el nacimiento de mi segundo hijo hicieron imposible dedicar al violoncello la hora u hora y media de estudio que necesitaba. Mantuve un cierto contacto con Teresa, aunque nunca volvimos a reunirnos para tomar una cerveza y ver al resto de la gente del grupo. Mi número en su móvil estaba guardado como Miamorverdadero. Decía que yo era su hombre ideal, con mi forma de ser y mi pasión por la música.

La última vez que la vi me contó que estaba de baja, me dió a entender que por depresión. Estábamos en mi trabajo y no pudimos hablar con tranquilidad, la cosa quedó en un manido "A ver si nos llamamos y hablamos". No volví a verla. Unos meses después la hospitalizaron. El cáncer que sus inseparables Celtas le provocaron la mató.

Al cabo del tiempo, he vuelto a la música a través de las Escuelas Municipales, en otro instrumento -no había cello, escogí piano- y en un ambiente mucho más parecido a lo que uno espera cuando estudia música. El estudio sigue siendo fundamental, pero desaparece la presión de las convocatorias, y además los profesores son gente jóven con ganas de hacer cosas nuevas y de compartir su pasión por la música.

Teresa sabía que ninguno de nosotros llegaríamos a ser grandes músicos, compositores o concertistas, y nunca nos lo ocultó. Pero sabía que a base de trabajo y deseo, podíamos disfrutar con la música. En ocasiones nos decía que cuando los grandes concertistas cuentan su aprendizaje en en mundo musical, siempre dicen: "Aprendí armonía con Fulanito en Berlín" o "Hice mis estudios superiores de piano con Fulanita en Madrid", pero siempre se olvidan de quién les inició en el solfeo, quién les enseño a medir las primeras notas o a entonar las primeras melodías.

No soy concertista ni lo seré nunca, pero nunca olvido que mi primera profesora de solfeo fue Teresa Rodríguez. No es que sea mucho, pero mi agradecimiento es lo único que ahora puedo ofrecerle.

La continuación -que no el final- de esta historia es, si no felíz, sí suficientemente bonita para dejar constancia de ella. Sigo estudiando música, y mi profesora de Lenguaje Musical de los dos últimos años es María, una chica joven, bríosa y hasta guapa. Las clases con ella son siempre sorprendentes. El resto de las escuelas nunca saben con qué aparecerá en la actuación de fin de curso, pero todo el mundo tiene claro que nunca es algo convencional en un concierto serio y lleno de piezas de Beethoven, Mozart o Chopin interpretados por niños y adolescentes en su mayoría. Canciones y bailes con el estilo de Broadway, canciones africanas, batukadas tocadas con cubos de pintura y latas de aceite o música hecha con escobas son las últimas. De igual modo nos enseña a armonizar un tema y a interpretarlo en grupo que la teoría más abstrusa del solfeo. Los niños la adoran y gracias a ella han aprendido a lidiar con el miedo escénico y la vergüenza de actuar ante un auditorio.

Hace algún tiempo hablando a la salida de clase le hablé de Teresa y resultó que también fué su profesora. Cuando le alabé sus enseñanzas y de qué modo me habían influído me dijo, haciéndole los ojos chirivitas:
- Gracias a Teresa me dedico yo a esto.
El circulo se cierra, tampoco ella podría pedir más.

2 comentarios:

amanda dijo...

Gracias a que has dejado tu nombre en mi parís llego aquí a conocerte. Y no me equivoco cuando digo 'gracias'.

António dijo...

Hola neoGurb

Bonito texto sobre Teresa que también fué mi professora y amiga.
Como la echo de menos...