29.12.06

El escritor limitado

En mi adolescencia, escribir me sirvió para sobrellevar la depresión sin hundirme en ella de un modo absoluto e irremisible.

Durante esos años terribles llenos de monstruos y fantasmas escribir fue una terapia íntima y gratuita. Tal vez no tan íntima, porque si bien es cierto que mucho de lo que escribí en aquel entonces terminó en la papelera, otra buena parte la compartí con mis pocas amigas cercanas, en un acto de desnudismo que hoy sería incapaz de realizar. Gratuita sí, porque mis padres, cuando les pedí que me llevasen a un psicólogo, me dijeron que les contase a ellos mis cosas (conociéndoles como ahora les conozco, prefiero no seguir esta línea de pensamiento).

Desde entonces, escribir se convirtió en un modo de ordenar ideas, de afianzar las que importaban y desechar las superfluas. En muchas ocasiones me he descubierto escribiendo de modo imaginario a alguien, construyendo y depurando cartas enormes que finalmente nunca pasé a papel. En esos casos, me sirvió para saber qué le quería decir realmente a esa persona, qué era lo importante que necesitaba dejarle claro, qué líneas recorrían nuestra relación como las nervaduras de una hoja, alimentando unas partes y dejando que otras muriesen sin savia.


Supongo que como tantos, soñé mil veces con dedicarme de un modo serio a la escritura. Sin embargo, esas cosas que a todos nos pasan -nos hacemos adultos, trabajamos, montamos una familia- me alejaron de ese sueño y de tantos otros, me mantuvieron con los pies en la tierra.

Pero hubo otro motivo más principal. Me di cuenta de que sólo escribía -o sólo lo hacía bien- justamente cuando me encontraba mal. Tal vez se debiera a cómo empecé a hacerlo, pero cuanto más oscuro era mi estado de ánimo con mayor facilidad salían las ideas, las palabras. Me di cuenta de que cuando me encontraba bien no era capaz de comunicar ese estado, o en todo caso lo que producía era cursi o relamido, en cualquier caso aborrecible.

Dejé de escribir. Decidí que bastante mierda había en el mundo como para esparcir la mía, sobre todo si no era capaz de compensarla aportando algo positivo de vez en cuando.

Observo en los escritores que empiezan una afición a lo truculento que me hastía: locos, suicidas, asesinos, historias chungas en todo caso. Me cansa. Ya sé que en la calle se forman corrillos cuando alguien se cae, se hace daño, sangra. Y no todo el que se acerca lo hace para ayudar, sino para regodearse en el morbo del dolor, de la desgracia ajena. Nunca nos acercamos a los demás para preguntarles de qué ríen, o qué tiene de maravillosa esa persona a la que abrazan, a la que besan, a la que miran con ojos embelesados.

No me oculto, no me niego a mostrar mis miserias o mis esquizofrenias cuando viene a cuento. Pero tampoco estoy dispuesto a que mi retrato escrito se componga sólo de las partes de mí mismo que hablan con tristeza o ira. Tengo mis fobias, pero escribo sobre ellas sólo porque sé que también soy capaz de hablar de mis filias. Mi vida tiene muchos más momentos de sonrisas que de ceños fruncidos, y si he de regalar algo a los demás, tengo claro qué es.

Así, poco a poco me voy animando a escribir, y de vez en cuando lo que hago provoca en los demás algún sentimiento positivo, alguna emoción agradable. Y me viene devuelto en forma de, pongamos, algún pequeño premio. Para qué más.

6 comentarios:

amanda dijo...

Con la primera frase hubiera tenido suficiente. Pero he seguido leyendo y me reconozco en cada uno de los párrafos.

Sabía que teníamos algo en común, como tantos otros que, por cualquier razón, porque cada uno tenemos la nuestra propia, intercambiable en la mayoría de los casos pero, en definitiva, muy personal, escribimos aquí, a la vista de todos, además de allí, en nuestra intimidad.

Y, si recibes algún premio, por pequeño que sea, por hacer algo con lo que disfrutas, es un doble premio. Además del que se obtiene aquí cada día, con cada nueva persona que conoces y que, sabes, está porque eres tú. Y porque eres como eres.

pau dijo...

Si por mí fuese ahora mismo te daría este premio del que habla Amanda, mi amiga Amanda.
Es agradable leerte.
Yo estoy aun en la primera fase, la de descarga. Después de todo, un blog también debe servir de herramienta para uno mismo.

Arcángel Mirón dijo...

Truman Capote dijo "las palabras me han salvado siempre de la tristeza".

Yo escribo desde que leo, creo que una cosa y otra en realidad son una sola.

Saludos!!

Paula dijo...

pues yo, escribo mucho mejor (dentro de lo mejor que una puede escribir) cuando estoy serena, cuando en mi vida hay un cierto orden. Supongo que lo que más me gusta es cantar a la vida, por eso me cuesta tanto sentarme y relatar los malos momentos.

Aun con todo, lo hago como un exorcismo, y eso atrae como un imán esa ingenua serenidad desde la que vuelvo a cantar

Un abrazo

y feliz año

LE MOSQUITO dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
LE MOSQUITO dijo...

LE MOSQUITO dijo...
Por si te interesa: Cuando empecé a escribir lo hice animado por el seno de mi vocación: el Teatro. Mi primer escarceo dramático fue premiado (y muy bien) cuando tenía 23 años. Me creí el rey del mambo (aún a sabiendas de que el baile no es lo mío). En serio... afortunadamente no me creí nada, y aún hoy, me cuesta digerir más los halagos vacíos (que agradezco y respeto) que la crítica (que no soporto cuando sólo es apaleamiento).
He evolucionado a peor, en lo que se refiere a los argumentos y temática que toco. Me he hecho más triste, más pugnetero y... más triste, amén.
De verdad que añoro mucho mi momento como escritor ("no distingo entre vocación y profesión")de humor. Ironía, sarcasmo... siempre contra quien entendía desvergonzadamente poderoso, nunca contra quien se cae en la calle (cuanta razón tienes). Otra cosa me ha pasado, y es que cuando escribo en un blog que me gusta, llego a perderme y no sé bien dónde empecé... ¡ay!.
En fin: que me gustó tu reflexión y que la tomo como un aviso para moderar, en lo que me toca, los impulsos trágicos.
Un beso, si me permites.