Hace unos meses entré en un grupo musical. No quiero dar nombres, ni hacerles una publicidad que no merecen. Al día siguiente, mientras nos preparábamos para una actuación, viví cómo su director expulsaba a uno de sus miembros -seguramente el más brillante- de un modo injusto y violento, sin derecho a réplica.
En este caso, el líder tomó una decisión errónea, azuzado por alguien cercano. Lo hizo en un lugar inapropiado, con palabras inadecuadas y ante personas que jamás debieron presenciar aquella escena. Horas más tarde, se disculpó ante el resto del grupo con lágrimas y buenas palabras. No ante la persona agraviada.
Para una semana después estaba pendiente una actuación que muchos de ellos consideraban la más importante de la vida del grupo: en la propia ciudad, en el acto festivo de más importancia del año, con televisión en directo y toda la parafernalia mediática local. En mi opinión, el momento ideal para hacer valer la idea de grupo, presionar y que se reparase la injusticia, o que se fuera todo al garete.
Desde luego, todo ocurrió como era previsible. Como en un guión ya sabido y sobado, de puro repetido.
En mi caso la cosa estaba clara, y no contaba: acababa de llegar, esa persona me había introducido, y además es mi profesora y amiga. De los demás, prácticamente todo el grupo tuvo llamadas o mensajes de apoyo para con la expulsada. Pero de todos ellos, únicamente tres personas se plantaron y la apoyaron. El resto se limitó a justificarse: "sólo soy un miembro, yo no decido", "es que si me voy ahora estoy puteando al resto", "vamos a pasar la actuación y luego aclararemos las cosas". Eran formas de soslayar la realidad: nadie está dispuesto a perder algo -dinero, viajes, aplausos, diversión- a cambio de una idea.
Aunque la idea sea la de amistad, honradez o decencia.
Era un grupo musical, pero podría haber sido cualquier otro: de amas de casa o de paracaidistas, la cosa siempre funciona igual.
Quede claro que no me arrepiento, esta vez igual que tantas otras. Generalizando, no creo que por las noches ellos -los infames, los traidores, los vendidos, los peseteros- duerman peor. Antes al contrario, seguro que duermen estupendamente, repachingados en el éxito y rodeados por la complacencia de quienes pertenecen a su estirpe, que inevitablemente es la ganadora.
En la infancia vamos juntando piezas, con las que durante la adolescencia nos construimos a nosotros mismos. Según parece, ese edificio interior no cambia una vez formado. Tal vez por eso ya no llevo la cuenta de las veces que en aras de alguna de esas tres palabras o de alguna más lejana he perdido dinero, oportunidades profesionales o reconocimiento. Creo que nunca he obtenido una compensación posterior, al menos en lo visible. Aunque si de lo visible hablamos, lo que sí tengo muchas veces es la sensación de que se me queda, cada vez, la misma cara de gilipollas.